Accra 2004
Alianza Reformada Mundial

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04.08.2004

Elmina, una página de la historia que avergüenza a la Iglesia

Elmina, centro de reclusión de millones de esclavos negros que fueron enviados a las Américas entre 1540 y 1850, continúa en pie como un recordatorio de uno de los episodios más tristes y vergonzosos para la humanidad, en general, y para la iglesia, en particular.

Ingresar a Elmina, el primer fuerte construido por los portugueses en 1482, en el litoral de Ghana, a 200 kilómetros de la actual capital, Accra, es enfrentarse a una historia de horror, similar al aniquilamiento de los aborígenes en América o al holocausto de judíos en Auschwitz.

El martes 3 de agosto, la 24ª. asamblea de la Alianza Reformada Mundial (ARM) suspendió sus sesiones para que más de 800 participantes hicieran un peregrinaje a Elmina y a Costa Cabo. Así como lo hacen cada año más de 400 mil personas de todo el mundo, en especial afro-norteamericanos que vienen en busca de sus raíces y para recordar una parte oprobiosa de la historia de la humanidad.

Provenientes de más de 100 países, los delegados y delegadas de 217 iglesias reformadas, presbiterianas y unidas, no podían disimular su estupor al escuchar de los guías los vejámenes sufridos por indefensos hombres y mujeres y especialmente por la participación de las iglesias en el comercio de esclavos.

En esos tres siglos, Africa perdió 60 millones de sus habitantes por culpa del tráfico de esclavos. Violentamente arrancados de sus tierras, separados de sus familiares, esos millones de hombres y mujeres pasaron por los calabozos de Elmina, Costa Cabo y otros centros de reclusión construidos o adquiridos por las potencias coloniales de la época. Primero
Portugal, luego Holanda y finalmente Inglaterra.

De los 60 millones capturados, solo 15 llegaron a destino. Muchos murieron en las tétricas celdas y otros tantos en altamar, agobiados por la enfermedad y los brutales castigos. Millones de africanos eran tratados como meras mercancías.

En Elmina permanecían recluidos en grupos de 1.000 esclavos, durante tres meses, antes de venderlos a América o Europa. En cada celda se hacinaban 150 esclavos; allí comían y hacían sus necesidades fisiológicas.

El guía anotó que los capturados que tenían que pasar varias semanas en este lugar terminaban caminando entre sus propios excrementos.

Los que se atrevían a resistir eran sometidos a crueles torturas. Se les encadenaba y abandonaba, expuestos al abrasador sol y sin posibilidades de obtener agua y comida. Morían literalmente de hambre y sed. Los enfermos eran arrojados al mar y las mujeres, a menudo, violadas por los soldados. Las más bellas eran llevadas al recinto del gobernador.

Para el grupo de la ARM, lo más irritante fue visitar el primer templo católico de Africa, construido en el fuerte Elmina y leer el versículo 14 del Salmo 132 ("Dios está aquí") colocado en una de las paredes del templo de la Iglesia Reformada. Como Dios no estaba en los calabozos, los religiosos de la época justificaban el tráfico de los esclavos y el
sufrimiento que les infligían los soldados de las potencias colonialistas.

Sobre el silencio o justificación del comercio de esclavos las iglesias cristianas tienen mucho que arrepentirse, ya que en Elmina y Costa Cabo oraban y celebraban la comunión en medio de la miseria humana que los rodeaba.

Según el pastor presbiteriano de Estados Unidos Mark Lomax, "mientras niños, mujeres y hombres eran trasladados en los barcos esclavistas hacia Europa, América del Norte,
Centroamérica y Sudamérica, los cristianos de tradición reformada estaban sumidos en ardientes debates morales, formulaban la Confesión de Westminster y se esforzaban por sobrevivir en climas de hostilidad al protestantismo".

Ninguno de los organismos de los creyentes reformados, según Lomax, hizo declaración
alguna contra el comercio de esclavos hasta el siglo XIX.

Durante una visita a Senegal en 1992 el papa Juan Pablo II pidió perdón a Dios por este "holocausto desconocido" en el que "han tomado parte personas bautizadas que no han vivido según su fe" .

Al concluir la visita quedó en la retina de los peregrinos una inscripción de los jefes ghaneses: "A la memoria eterna de la angustia de nuestros ancestros. Que quienes murieron descansen en paz. Que quienes regresen encuentren sus raíces. Que la humanidad nunca más cometa semejante injusticia contra la humanidad. Nosotros, los vivos, juramos no hacerlo".

Fernando Oshige / alc – 4 agosto 2004

 

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